viernes, 19 de diciembre de 2014

Esteban vs El Oso

Esteban vs El Oso



Un MP3 con 8 GB  de capacidad se mofaba de Esteban. Cada canción que reproducía aleatoriamente era un mensaje subliminal que pronosticaba el futuro del muchacho. Si 10cc le decía irónicamente que no estaba enamorado, entonces AC/DC le contaba que se iría por la carretera hacia el infierno. Por último, Ed Sheran, a modo de himno, lo tranquilizó con su vista de fuego. Como decía la canción: si este es el final, entonces debemos quemarnos juntos. Esteban recordó que la canción se burlaba de él; estaba solo y, si se quemaba, sería por cuenta propia.

Llegó al parque en el que se encontraría con el Oso. Fue en ese mismo sitio que peleó contra él por primera vez, fue el mismo lugar en el que se bebió todo un six pack de cervezas y decidió enfrentarse al animal por segunda ocasión. Era una suerte de tributo el pelear en la misma locación con eso que alguna vez lo marcó de por vida.

Esperó sentado en el gras húmedo. Apagó su MP3 y lo sacó de sus bolsillos, como también su billetera y su celular, por precaución a que se dañen en pleno enfrentamiento.

No transcurrieron ni tres minutos desde su llegada y el Oso ya hacía su entrada.

¿Cómo empezó todo esto?, se preguntarán ustedes. Esteban estuvo alguna vez enamorado de una chica, una chica promedio para ser exactos. Pero el muchacho veía un ángel. Su piel blanca con un ligero tono gris, su cabello y sus ojos tan oscuros como el espacio exterior, sus labios pequeños que expresaban la perfección de lo minimalista, una voz delicada como si demostrara que era libre de perversiones. ¿Su nombre? No lo recuerdo, se llamaba María o Lana o Natalia o Ryoko o Eva o Carol; o quizás su nombre completo eran todos esos juntos. Su nombre no interesaba, lo que importaba es que desencadenó el interés de Esteban por ella. Lo único que le impedía seguir con ese sentimiento era ese alguien que ya había ocupado su lugar: Ernesto Larson Canessa.

Ernesto se acercaba a la arena de lucha mientras Esteban recordaba la escena memorable de Gladiador, en la que Maximus se enfrentaba al oso en medio del coliseo. El señor Larson no dudó ni un segundo en embestir al muchacho una vez que lo reconoció. Y ahí Esteban se acordó que Maximus no se enfrentó a un oso, sino a un león. Solo le quedaba a él crear sus propios relatos y no rememorar momentos ficticios de películas.

Esteban bautizó a Ernesto Larson Canessa como ·El Oso” por la cantidad de vellos alrededor de su rostro. No quería imaginarse en qué otras zonas del cuerpo estaba repleto de pelos, así que se conformó con su cara para apodarlo como aquel animal salvaje.

El oso atacó a Ernesto de la misma forma que lo hizo años atrás. Los mismos golpes al vientre, antebrazos al cuello y puñetes a la mejilla y ojos se repitieron como en aquel primer enfrentamiento. Solo bastó unas cuantas conversaciones por Facebook entre Esteban y el ángel para enfurecer al oso. El muchacho hablaba con una sinceridad que hipnotizaba a la chica de nombre indefinido, lo que hacía que Ernesto sintiera que le quitaban su propiedad.

El oso decidió cambiar su estilo de ataque y optó por estrellar el cráneo del chico contra el césped. Ni las plantas sirvieron como resorte para reducir el impacto en la cabeza. Esteban sintió un crack que pudo provenir de alguna parte lateral de su cien o de la mandíbula. Quiso pedir un receso de cinco minutos pero recordó que estaba en medio de una pelea sin reglas. Sin fuerzas para contraatacar o defenderse, el muchacho permaneció inmóvil y esperó a que los golpes cesaran, algo que demoró unos largos minutos.

La primera pelea entre ambos no deprimió a Esteban; muy al contrario, sintió una especie de satisfacción por todo lo que hizo. Logró sacarle una sonrisa a la chica ángel en las pequeñas esporádicas conversaciones que mantuvieron y eso, para el muchacho, era suficiente.

El oso se iba de la zona de combate hasta que escuchó un comentario de Esteban, quien intentaba reincorporarse lentamente.

- ¿Cómo está (introducir nombre de la chica)? ¿Consiguió trabajo en la universidad? – el oso voltea furiosamente y vuelve a repetir la tortura, en menos tiempo pero mayor magnitud. Tira al suelo a Esteban y lo mira por un instante – Cuando la veas – Esteban escupe sangre al gras– mándale mis saludos

El oso lo agarra del cuello, le propina un cabezazo entre la frente y su nariz. Esteban vuelve a sentir otro crack.

-    - Que lástima que no está aquí, quería decirle “está bien que yo sea feo, pero mira a esta mierda” – señalando con la cabeza al oso, quien vuelve a meterle un cabezazo más fuerte y dirigido a la frente exclusivamente

Vio a Ernesto caminar a paso acelerado hacia la pista y desvanecerse en la avenida más cercana. Se pudo haber preguntado qué de especial tenía él, cómo era posible que ella se fijara en el oso, si podría vencerlo en unos años después; pero no hizo ni una de esas preguntas. Solo miró al cielo panza de burro, se secó la sangre con las manos y antebrazos, se frotó las zonas golpeados y sonrió.

Cada gota de sangre, cada diente movido, cada moretón, cada sensación de músculo roto era un vínculo a ella. Hacía años que no la veía y lo único que la mantenía cerca de él eran sus recuerdos, sus vivencias. No obstante, los recuerdos se debilitaban con el pasar del tiempo, la única manera de conservar la imagen de la chica ángel era construyendo nuevas experiencias; el hacer enojar a su novio era una de ellas.

Contradictoriamente, era felicidad lo que le generó todo este lío. No se trataba de masoquismo, a Esteban le desagradaba el dolor físico que alguna vez sintió; pero era el nexo entre el dolor y el recuerdo lo que le daba alegría. Además que aquel momento le sirvió, como mínimo, para burlarse del oso. El muchacho se enojó tanto con él por la primera paliza que le dio, que optó por los ataques psicológicos, aunque eso le costara dolencias en varias partes del cuerpo.

Esteban se levantó de su sitio, caminó débilmente hacia un árbol con unas escrituras borrosas en tizas. “Por favor, no le hagas daño, es solo un niño”, decía en los recuerdos del muchacho la voz de la chica angelical al oso despiadado que, eventualmente, agarraría a golpes al muchacho.

“Los moretones en los nudillos, frente y pies del oso le harán recordar a la chica que yo sigo existiendo; y mi sentimiento hacia ella, también”, pensó Esteban y abandonó la arena de combate hasta otra ocasión.


sábado, 20 de septiembre de 2014

El capítulo 21

El capítulo 21



¿Sabían ustedes que la novela de La Naranja Mecánica estaba dividida en 21 capítulos pero la edición estadounidense solo tenía hasta el número 20? Además, la versión cinematográfica tiene como base la versión incompleta.

Asumo que deben haber visto la película (entenderé si no leyeron el libro pero perderse del largometraje debería ser considerado un crimen) así que iré directo a lo que narraba el capítulo perdido: una vez que Alex DeLarge se “cura” del tratamiento Ludóvico y es capaz de decidir por cuenta propia, retorna a su vida como malandrín junto a un nuevo grupo de vándalos. Sin embargo, Alex va perdiendo el placer de causarle daño al otro. Se encuentra con un viejo amigo con el que cometía fechorías; este se había casado y vivía una nueva etapa. Es ahí que “el humilde narrador” decide dar el siguiente paso y madurar.

No es gratuito que este final coincida justo con el capítulo 21. Según la introducción que leí en la edición que compré (que dicho sea de paso debo buscar porque está como 4 años desaparecido junto con “No es País para Viejos”), para algunos países la edad de 21 es considerado el inicio de la adultez/madurez, así como en el Perú la mayoría de edad empieza a los 18.

Bueno, ya cumplí 21, así que si a los 18 no alcancé ese estado de madurez ahora es el momento.

Pero, ¿qué es ser maduro?

De pequeño me introdujeron ese concepto en mi mente en tantas ocasiones que ya se convirtió en parte de mi forma de ser; sin embargo, nunca entendí a ciencia cierta su definición. Lo aprendí a manera de repetición pero nunca de comprensión.

Lo primero que se me viene a la mente es una frase que recuerdo vagamente, quizás la habré escuchado en una serie de televisión o en una película: no siempre se tiene lo que se quiere, y a eso se le llama madurar.

Entonces, ¿madurar significa resignarse a todo? Yo diría que se orienta más al hecho de reconocer que los sucesos se dan en su momento o que sucederán cosas mejores. Y no, no digo que está mal insistir cuando se busca algo, en caso contrario nos convertiríamos muy conformistas; pero es importante reconocer cuándo estamos forzando algo que no avanzará por más que empujes.

Trataré de entender la madurez según mis experiencias estudiantiles. Llegó una etapa escolar en la que mis padres no regulaban las horas que pasaba jugando videojuegos. “Ya eres un chico grande como para que estemos detrás de ti diciéndote que pares”. Puedo deducir entonces que mis papás me daban todo el control de mi vida. Yo decido cuánto jugar y cuánto estudiar. Yo decido qué hacer y qué no hacer. Por ende, podríamos relacionar madurez con la capacidad de elección, ¿verdad?

No obstante, todos somos capaces de elegir (bueno, excluyamos a los que se encuentran en, cierto sentido, estado de esclavitud o bajo órdenes superiores). Todos decidimos si vamos a ir al trabajo/estudio o si permanecemos en casa. Todos decidimos entre comer algo saludable como una fruta o digerir una hamburguesa. ¿Madurez implica solo la capacidad de elección?

Asumo que aquí entra el tema de qué decidimos. Si yo decidía gastar mi tiempo en los videojuegos y no en prepararme para algún examen, ¿sería maduro? Asumo qué cosa responderán.

Así que somos capaces de definir la madurez como la capacidad de elegir y de manera correcta. Y con correcto me refiero a aquello que nos haga mejores personas o que nos beneficie a largo plazo. Claro, según el Utilitarismo buscaremos reducir el dolor y buscaremos el placer. Pero existen placeres espontáneos y dolores que llevan a la satisfacción a futuro. Los videojuegos me alegrarán la tarde o noche (según las horas de vicio que le dedique) pero, ¿a dónde me llevarán? Salvo, claro, que sea un prodigio y gane torneos de esta índole, cosa que no soy. Pero si me preparaba bien para mis exámenes, aprobaba mis cursos, aprendía materias que, eventualmente, aplicaría en la universidad; y si no, entonces me ahorraría las clases de recuperación en caso que jalara un curso. De una u otra forma todo lo que hacía me beneficiaba en un tiempo venidero.

Compliquemos la situación e involucremos el nosotros. Si elijo hacer/tener algo que me beneficia pero a otro lo perjudica, ¿es eso actuar de forma madura? Usemos un término de Kant apropiado para la ocasión: el imperativo categórico, “obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal”. ¿Desearía yo que la situación se invirtiera y, más bien, sea yo el perjudicado por la felicidad del otro? No, ¿verdad? Lo adecuado es llegar al término medio en el que el otro y yo seamos medianamente satisfechos, porque, efectivamente, para que ambos estemos de acuerdo, cederemos algunos placeres.

Pero, el Utilitarismo propone también que el rechazo al placer está bien justificado siempre y cuando el placer o felicidad sea para otro. Y si se tiene a un número grande de personas, entonces se debe escoger la opción que beneficie a la mayoría.

¿Qué hacemos entonces?

Propongo algo con lo que he tratado de vivir desde que tengo noción de lo bueno para mí y para el resto. Escojamos lo mejor para nosotros en largo plazo; en caso de caer en una disyuntiva con el otro, optar por el término medio  que beneficie por igual a todos. Y si la situación se complica y no es posible el término, ceder el placer al otro (siempre y cuando no atente contra tu vida o moral). Sí, lo sé, es complicado. ¿Por qué le entregaría mi oportunidad de ser feliz al otro?

He aquí una cuestión que no voy a profundizar en esta ocasión. Yo lo llamo “ser mejores personas”. ¿Y qué implica ser mejores personas? Pues es tomar la decisión difícil que nadie podría tomar. Y las decisiones difíciles implican el sacrificio propio.

Sí, es cierto, extraño amanecerme jugando Nintendo Gamecube o pasándome todo el verano yendo a la piscina. Extraño la niñez cuando no tenía que preocuparme por el futuro. Extraño el salir al cine todos los fines de semana o ver todos los Raw y Smackdown un sábado por la tarde. Y también admito que es algo atrevido y conchudo que yo les dé una clase sobre qué es ser maduro. Debo ser sincero y decir que con el paso del tiempo no me he atrevido a hacer los actos más mínimos por ayudar al otro. Y siento que debo cambiar eso en mí. No porque los 18 años impliquen ser adulto, no porque 21 años ya son la prueba de crecer; sino porque el mundo necesita de gente grande, de personas que tomen la decisión correcta.


Algunos dirán que mi capítulo 21 comenzó antes de tiempo, otros que me faltan muchas páginas para llegar a él. Yo digo que todos debemos empezar a vivirlo. Que una edad no determine la madurez, que sea nuestra actitud sobre nosotros y el resto.

Una de mis escenas favoritas de todo los tiempos. Alex estaba curado de su imposibilidad de elección, ¿pero era una persona sana?

martes, 12 de agosto de 2014

Compartir la manzana

Compartir la manzana



Desde primer año hasta quinto de secundaria llevaba en mi lonchera una manzana como postre. Yo era capaz de invitar todo lo que tenía como almuerzo. Si es que me llenaba con el contenido del taper, se lo daba a alguien y este lo terminaba. Ni bien veía mi cajita de Frugos se la ofrecía al primero que la aceptara. Es más, si alguien quería beber de mi botella de agua, se lo daba sin titubear (pese a que tengo una política de no beber de una botella ajena). Pero lo que nunca ofrecí, y probablemente nunca hubiera compartido, es mi manzana. Recuerden este párrafo porque diré algo muy cursi al final de este texto en relación con la fruta.

El ser humano tiene la manía de buscarle una razón a todo evento que ocurre en la realidad. Es como una necesidad primaria el encontrarle un sentido a todo lo que gira a nuestro alrededor. Ya sea empleando un método científico en el que se alaba la investigación y la comprobación, ya sea porque nos sujetamos a un dogma o ya sea porque preferimos dudar de todo y creer que si bien existe una respuesta, nunca encontraremos una específica.

Pues tratemos de encontrar una razón a un acto o sentimiento sin razón. ¿Por qué amamos?

Debo admitir que esta cuestión nace en mí luego de “enfermarme” con tanto comentario entre parejas que proclaman amarse luego de una semana comenzada la relación o estos niños de 11 años que juran seguir juntos por el resto de sus vidas. Que si lo hago por rencor porque no he experimentado algo similar con otra persona o si se trata de una reacción normal como cualquier otro que se asquea por la demostración de cariño melosa es una cuestión fuera de este texto. Centrémonos solo en intentar explicar lo irracional.

¿Qué es amar? No nos comamos las afirmaciones que nos dicen las canciones, novelas, películas, etc. Podría ponerme algo romanticón y decir que el amor es una enfermedad o cualquier ridiculez, pero esa no es la razón del texto.

Quizás el primer amor que se puede tener es hacia los padres y viceversa. Estoy seguro que si les preguntan a sus padres o algún familiar cercano por qué los aman no podrían responderles, y ustedes tampoco estarían en capacidad de hacerlo. Con este ejemplo podemos ir descubriendo algunas características del amor ¿cierto?. ¿Será entonces que amar implica una respuesta emocional incondicional por el otro? Tengamos en cuenta que el amor en la familia es una especie de “convención social”. Véanlo de la siguiente manera: ¿es aceptado por la sociedad que un padre o una madre no reconozca o no sienta afecto por su hijo? Por supuesto que no. Por eso los dramas se arman cuando un padre abandona a sus hijos o una madre los descuida. Está preestablecido que el amor entre padres a hijo y viceversa es una situación que tiene que darse porque se espera que suceda. El amor por tus padres y ellos por ti está preestablecido.

Veamos otro caso: sean creyentes o no, voy a usar el ejemplo de Dios. Para los que no lo saben, los católicos creemos firmemente que Dios nos ama a pesar de todo lo malo que podamos obrar en la vida y que, finalmente, si no somos aceptados en el cielo es porque decidimos alejarnos de Él. Detengámonos en la parte donde dice que Él nos ama a pesar de todas las cosas. Es posible deducir que el amar implica perdonar y aceptar tanto las virtudes como defectos en una persona.

Mi padre me dijo alguna vez que si vas a amar, debes hacerlo con la cabeza y no con el corazón. Ello quiere decir: debes ser inteligente al momento de escoger a una persona como la indicada. Sin embargo, en base a lo que hemos podido descifrar, amar no tiene ni una pizca de racionalidad o inteligencia. A decir verdad, todo lo que el hombre hace, en su mayoría de veces, se trata de actos compulsivos dirigidos por las emociones. Por ende, el enunciado de mi padre es una recomendación que no puede coexistir con la posible definición de amor.

Parece que el concepto de amor está revelando algunas características. Entremos a lo que nos disgusta (o lo que al menos a mí me molesta en pequeña medida). Cuando una pareja se dice entre sí “te amo”, ¿son conscientes de que lo que dicen es de verdad? ¿O es que solo se dejan llevar por la felicidad del momento y les es más fácil decir esas dos palabras? Yo creo que estas personas confunden amar con querer o gustar. Si bien no podemos definir exactamente el amor, podríamos afirmar que se trata de un sentimiento intenso y extremo. El querer o gustar son sensaciones de menor medida entonces. Lo normal es que al decir “quiero a alguien” o “me gusta alguien” va acompañado de un por qué. “Me gusta tal persona por su forma de ser”, “quiero a alguien porque me hace sentir distinto”. Creo que mientras más razones le busques para amar a alguien, más razones tienes para decepcionarte. En cambio, si amas porque sí (que vendría a ser el principio del amor), entonces no tienes argumentos que puedan contrarrestarse. Es como decir “el que nada sabe nada duda”. Cuando tienes excusas para amar a alguien, estas en algún momento desaparecerán porque las personas cambian. Si me explico mejor, es como decir “yo seré feliz solo cuando sea millonario”. En esta oración condiciono mi felicidad con pretextos y si estos no se cumplen, no hay felicidad. Similar al amor, “amo a esta persona porque le gusta leer”. Si este individuo deja de gustarle la lectura, ¿dejarás de amarla?. He ahí la razón de por qué amar no debería estar sujeto a condiciones.

Ojo, no busco ofender a ninguna pareja que demuestre su cariño de las maneras que he mencionado. A fin de cuentas, yo soy solo un tercero o un extraño fuera en las relaciones que manejan y no tengo la potestad de arruinarles lo bonito que comparten el tiempo juntos. Solo soy un chico como cualquier ser humano que busca una razón lógica hasta para lo más ilógico.

Por mi parte, fuera del amor que se pueda transmitir dentro de la familia, no creo poder asegurar que  he amado a alguien. Claro, no puedo afirmar algo que no logro definir y comprender. Creo que solo ha existido una persona por la cual me encantaría arriesgarme a decir que he amado. Pero temo que las palabras sean más fuertes que mis sentimientos.

No, no sé a ciencia cierta si amo o amé a esta persona. Pero ruego porque, si algún día logro entender esa definición tan compleja, sea ella la primera persona a quien le pueda decir “te amo”.


Por ende (y cumpliendo mi palabra de acabar el texto con una frase cursi en relación con el primer párrafo), sería ella con quien compartiría mi manzana. Porque si el amor lo relacionas con lo incondicional y el sinsentido; entonces romper tus propias reglas por esa persona especial está dentro del nuevo paradigma.

Movies? Everyone knows it's fake, but most people eat that shit up - Joseph Gordon Levitt (Don Jon)

miércoles, 23 de julio de 2014

Aversión hacia lo bello: argumentación sobre lo bueno de la lucha libre profesional

Aversión hacia lo bello: argumentación sobre lo bueno de la lucha libre profesional



Este ciclo en un curso decidí realizar como trabajo final una campaña de divulgación para eventos de lucha libre profesional en el Perú. Fue una especie de reto porque el marketing no es lo mío; me agrada y me parece interesante pero no es en lo que pienso desempeñarme. Claro que tenía una mayor ventaja porque en cuanto al público consumidor, prácticamente, me he pasado como ocho años haciendo una etnografía (herramienta de investigación en la que el individuo se introduce en un grupo y participa en sus actividades para comprender al público) de manera inconsciente. Para mi proyecto debía entender cómo funciona la comunidad de la lucha libre en el mundo y en el Perú para proponer estrategias comunicacionales que los convenza de asistir a un show en vivo. Debo admitir que hice un poco de trampa en este trabajo porque, pese a estar años en contacto con estas comunidades, no pude encontrar medidas 100% efectivas que se adapten al contexto nacional. Entonces, si he agotado mis recursos objetivos y cuantitativos, sólo me queda emplear mi humilde opinión y subjetividad para defender uno de los pilares de mi vida.

Además quiero añadir una razón más del siguiente texto. A menudo (por no decir siempre) todas las personas me atacan porque me encanta este deporte. “No, que se ve muy falso”, “no, que es muy tonto o ridículo”, “no, que es mejor el MMA (artes marciales mixtas - Vale todo) porque se ve más real”. Pero nunca nadie se ha tomado la molestia de preguntarme por qué a mí me gusta la lucha libre profesional. Por eso aprovecho esta nota para responder lo que jamás me preguntarán.

¿Qué es lucha libre profesional? Pregunté en la exposición final de mi curso de Medios y culturas digitales. Por más básico y tonto que suene, es necesario que lo entiendan. Lucha libre profesional no es ni box, ni MMA; mucho menos vale todo. Para que lo entiendan rápidamente, ¿recuerdan ese show que se transmitía (y se sigue transmitiendo) en ATV, donde unos gringos gigantes se agarraban a golpes y llaves en un cuadrilátero, en medio de miles de personas con pantallas gigantes y una escenografía espectacular? Ya, eso es lucha libre profesional. Ese deporte espectáculo en el que dos o más individuos luchan entre sí para ganar y que, por lo general, narran una historia entre el bueno y el malo. Y no me digan que nunca han visto lucha libre,  es una mentira desconsiderada . Ojo, no estoy asumiendo como verdad absoluta que les guste, solo digo que saben a qué me refiero cuando me refiero a la lucha libre profesional. No hay excusa alguna.

¿Por qué me fascina ver a dos tipos sacarse la mugre por 10 o más minutos, y en la que personifican prototipos del bien y mal? ¿Acaso eso no es para niños? Es lo que una persona me diría normalmente. Pues, entendamos una cosa: este deporte es un relato. A diferencia del fútbol, béisbol, vóley o cualquier deporte que ustedes catalogan como “convencionales”, la lucha tiene como objetivo entretener a un público. Sí, el fútbol también divierte a la gente, pero dudo mucho que la intención del futbolista sea divertir a los millones que lo están viendo. Dudo mucho (y corríjanme si me equivoco) que Messi antes de un partido se proyecte a sí mismo diciendo “voy a divertir a todos en el estadio”. Claro, si lo analizamos desde un punto de vista semiótico o filosófico, toda actividad deportiva es una narración y un entretenimiento. La diferencia es la intencionalidad de los deportes. Todo deportista “convencional” juega para sí, para ganar; caso contrario del luchador, que tiene como objetivo servirle al público. Créanme, no me contagié con la fiebre del mundial pero no se imaginan la piel de gallina que se me puso cuando Daniel Bryan ganó el evento principal en Wrestlemania.

Siguiendo con la lógica de la narrativa, como mencioné párrafos arriba, todos reclaman porque “se ve muy falso” o “es imposible que en una lucha real se haga todo lo que se hacen en un cuadrilátero”. Pues hay tantas cosas que me encantaría resaltar de esto. Cuando ven a un luchador ser golpeado, ser arrojado contra la lona, caer fuera del ring, impactar la cabeza desde una altura gigante, ¿les parece falso? ¿De veras creen que eso es sencillo y que no merece ni un grado de respeto? Perdonen si alguno de ustedes tiene esa perspectiva pero me parece indignante y hasta ofensivo. Es como si yo, alguien malísimo para el fútbol (en realidad para cualquier tipo de deporte), diga que es muy fácil meter gol y que si me meten a la selección peruana los podría llevar al mundial. Sí, así de ridículo suena cuando alguien tranquilamente viene y dice “esto es falso”. Sobre la verosimilitud de la lucha libre, que si es posible que una lucha pueda tener el orden o estructura que tiene, déjenme preguntarles lo siguiente: cuando van al cine, leen un libro o ven una serie ¿reclaman de la misma manera? Digo, si argumentan que la lucha libre es aburrida porque “nada de lo que se hace sigue los parámetros de una lucha de verdad”, entonces asumo que ustedes no irían a ver el la próxima película del Planeta de los simios. ¿Quién creería una historia de unos simios con la capacidad intelectual de un ser humano? O ninguno de ustedes seguiría Game of Thrones los domingos por la noche porque, efectivamente, ni los dragones ni los White walkers existieron o existen, ¿verdad? Déjenme aclararles una cosa que creo haber aprendido en la universidad (y sobre todo en ciencias de la comunicación): todo lo que vemos es una ficción. Entiéndase ficción como una construcción del hombre al narrar algo. Star Wars es ficción, como lo es Invictus basado en la vida de Nelson Mandela. Ficción es Al fondo hay sitio, como también un noticiero (porque se anuncia un suceso desde el punto de vista de un tercero: el periodista). Si van a decir que no les gusta las cosas “ficticias”, entonces ni se les ocurra prender el televisor o leer una novela o ver una película.

Para los escépticos que aman el MMA/Vale todo, la argumentación de ellos siempre es “UFC es mejor porque se ve más real que tu lucha libre”. Ya hace unos meses hablaba sobre el tema de gustos e intereses y llegué a una conclusión que la emplearé como argumento en este texto: uno puede defender su postura del por qué le agrada o desagrada algo; pero nunca podrá decir que su objeto de fanatismo es mejor que otro. Porque así como esos argumentos se emplean para defender una idea, otro puede emplearlos como contraargumento. Yo podría decirles “pero yo no quiero ver una lucha que simule una pelea de verdad, yo quiero ver esa construcción de la lucha que tiene una narrativa distinta”. No puedo decir que la lucha libre es mejor que el MMA o viceversa, pero puedo decir que prefiero más uno que otro.

Pero dejemos de hablar sobre el individuo que desprecia o tiene cero interés por la lucha y hablemos de la persona potencial que pueda asistir a un cartelera nacional. A menudo me cruzo con personas que le gustaba o les gusta la lucha libre. Sea porque vieron la WWF de pequeños o porque siguen la empresa hasta la actualidad o tienen gustos distintos y ven empresas independientes. Por lógica, estas personas son un público más propenso a asistir a un evento de lucha libre en vivo. Claro, ¿cuáles son las chances de ver tu deporte favorito en tiempo real y frente a tus narices? Pocas, ¿verdad?. Y sin embargo los fanáticos mismos son escépticos de productos nacionales. No solo ocurre con este deporte, el problema se traslada a la cultura peruana. Tenemos la manía de matarnos entre nosotros, de meternos cabe. No digo que apoyemos cualquier cosa que se haga en el Perú, porque eso implicaría alabar todo incluyendo lo que es malo. Si vamos a darle respaldo a un producto peruano, que se lo merezca. En el caso de la lucha libre, se anunció que este 28 de Julio tendremos una cartelera con Paul London, Carlito y Hugo Savinovich, todos ex WWE al precio de 25 soles. Sí, la gente se emocionó pero no faltaba uno que otro reclamo como “los precios están altos” o “deberían traer a fulanito, ahí sí voy”. Pareciera como si estas personas no fueran conscientes de lo grande que está a punto de suceder. ¿Creen ustedes que 25 soles es caro para ver a superestrellas que solo puedes ver en vivo si viajas al extranjero? Comparen solo el precio de la entrada del show nacional con el precio del pasaje al extranjero más el precio de la entrada para el evento más la estadía. ¿Valdría la pena perderse la cartelera nacional por un precio así? Peor aún están los que reclaman porque una superestrella X no viene. ¿De veras se perderían de tres grandes nombres de la lucha libre solo porque tu favorito no está entre ellos? Además, entiendan que hace cinco años nadie imaginaba estrellas como estas en Perú y ahora los tienen en vivo y en directo. ¿Qué más se puede pedir?

Otro gran problema con el fanático de lucha libre en el Perú es su manía de comparar el deporte nacional con el extranjero. Está bien, es cierto que las comparaciones son odiosas pero siempre se dan. No obstante, el problema radica cuando tomas un producto y lo plasmas como un paradigma. Sí, la WWE es la empresa de lucha libre profesional más importante en el mundo, pero ello no significa que sea la única y que deba ser el estándar de cualquier organización. El peruano ha creado como una especie de norma en la que si la lucha libre no tiene los elementos formales de la WWE, entonces no es lucha libre. Pero también me he encontrado con casos de personas amantes de la lucha no necesariamente comercial (dícese del circuito independiente, mexicano o japonés) que también es reacio al wrestling nacional. De veras que la única respuesta que se me ocurre para este público objetivo es invitarlos cordialmente a que experimenten una cartelera. ¿Cómo pueden estar plenamente seguros que algo es malo si nunca lo han vivido? Es la única pregunta a manera de respuesta que puedo formular.

Creo que me he explayado y no he respondido lo elemental. ¿Qué es lo bueno de la lucha libre profesional? Personalmente, la lucha libre me transporta a una realidad alterna en la que vivo adrenalina y emociones a mil por hora; esa acción constante de enfrentamiento entre dos o más personas que hacen hasta lo imposible por salir victoriosos, sumado a las vibras del público no tiene nada qué envidiarle a un mundial o un Superbowl. Debo recalcar que la sensación que percibo al estar en una sala de cine es equivalente cuando veo un evento por internet o en vivo y en directo. Creo que la gente no logra entender el arte de este deporte porque lo ven con una perspectiva incorrecta o una indiferencia injustificable. Por esas razones creo que aborrecer la lucha libre es sinónimo de una aversión hacia lo bello.

Pero basta de hablar sobre lo que yo pienso. ¿Qué me dicen de ustedes? Si no les agrada la lucha libre, ¿a qué se debe? O ¿por qué no piensan darle una revisada a manera de curioso? Y para los que les encanta de manera enfermiza o simplemente les agrada ¿por qué?

Tributo a El Generico, muestra de por qué la lucha libre es sensacional